Recuerdo que, siendo pequeño, me llevaron a una exhibición de aves rapaces. Salí de allí fascinado, aquel día nació mi interés por la naturaleza y el deseo de capturarla.
En 2012 tuve mi primera cámara. Desde entonces, empecé a mirar el mundo con otros ojos. Cada salida al monte se ha convertido en una oportunidad, una búsqueda silenciosa y un intento de acercarme a la fauna sin perturbarla.
Con el tiempo he mejorado mi equipo, pero, sobre todo, he aprendido a observar, a entender el comportamiento de los animales y a tener paciencia. Encontré el gusto en la espera, en ese anhelo por ver recompensadas tantas horas dedicadas.
Travesía invernal, 2020.
Muchas veces vuelvo a casa sin una sola imagen. Aún así, el proceso siempre merece la pena: siempre hay algo que aprender, algo que observar. La paciencia y la perseverancia se convierten, con el tiempo, en herramientas tan importantes como la propia cámara.
Hay algo especial en esos momentos de silencio, en la espera, en sentir que, por un instante, formas parte del entorno. Aprender a estar presente, a observar sin prisa y valorar lo que ocurre; para mí, ahí donde reside el sentido de esta afición.
Y, de vez en cuando, llega ese instante. El día menos pensado aparece la oportunidad y todo encaja en un momento que ya no vas a olvidar.